14 feb. 2014

Sobre amores incondicionales



Todos los niños deberían tener una abuela como la mía. Que te deje acostarte tarde, te mime, te regañe, te cuente historias de miedo que no te dejen dormir, te dé a probar el café, te deje comprar más chucherías de las que puedes comer, te ponga de merendar pan con manteca y azúcar, se coloque trozos de patata en los dientes para asustarte, te cargue en la cintura mientras cocina para que se te pase la rabieta y meta a todos sus nietos en un minúsculo sofá cama para pasar una noche con poco sueño pero con muchas risas. Porque llenó mi infancia de buenos recuerdos y porque siempre me ha dado un amor incondicional. Porque es una mujer única, fuerte, amorosa y, sobre todo, luchadora... Por todo esto y mucho más hoy quiero celebrar que esta semana ha cumplido ochenta años. Cifra redonda y bonita que me hubiera gustado poder celebrar con ella con una fiesta alegre con el resto de la familia. Y como no pudo ser, al menos quiero sentarme un rato, escribir y contarle cuánto la quiero. Aunque me consta que ella ya lo sabe.

Así que ahora, con la distancia de por medio, no puedo sentarme en su comedor y tomarme un té mientras nos contamos nuestras cosas, porque en casa de mi abuela no falta nunca el té, ese té inglés negro que tomamos en La Línea con leche y canela, herencia de las costumbres inglesas. No, ahora no puedo. Pero cuando conecto el skype para llamarla, al otro lado puedo oír cómo me sigue preguntando: "¿Un tesecito?". Y a más de 3.000 kilómetros de distancia, ella pone el agua a hervir, yo preparo mi tetera y, sentadas en el sofá,  abuela y nieta seguimos manteniendo ese ritual que tan buenos ratos nos regala. 

P.D. Aunque este tema tenga poco que ver con Suecia, tiene tanto que ver conmigo que por una vez quiero compartirlo.Y me despido, cómo no, compartiendo un "tesecito" con "mi gordi".



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